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Poemas

No somos nada

No somos nada

 

 

 

No somos nada,

quizás por eso nos olvidó la vida.

Hemos cruzado el largo silencio de la luz

y en el resquicio de un sueño

dejado las palabras,

todas las emociones de un latido,

el cálido dolor de una pasión.

Sólo nos espera el recio patíbulo del tiempo

y una senda de lejanos recuerdos.

Huellas en los versos,

oropeles de nostalgias,

ardiente fuego de cuartillas,

ceniza, humo, nada.



© fotografía 2007 José Antonio Melendo

 

Podría ser

 

Podría ser una ráfaga de viento entornando la noche

y dejar entre las rendijas de la luz tu sonoro nombre.

Quizás sería el fuego de unos sarmientos ardiendo

bajo el enrojecido color de tu ojos

mientras dibujas pensamientos.

A lo mejor, agua de lluvia,

que en la tormenta de la primavera

te empapa en tu huida de mis húmedos besos.

Pero tú me has soñado como soy,

y en las noches sin tregua,

cerramos los pulsos del silencio

encadenados al verso de tu cuerpo

y al resuelto camino de mis manos.

Sin ti me diluiría o acaso dejaría de existir,

para ser la mirada perdida de un hombre,

frente al derribado silencio de un río

o al crepúsculo herido de un día de verano.

Resurges en la tarde

 

 

Resurges en la tarde elevada en el azul de un cielo sin miedos

como una cometa unida a mi con los invisibles hilos de la esperanza.

Sabes que en el amor que te profeso

los silencios caminan entretejiendo los días

como una red de miradas cálidas y caricias engarzadas.

Entre los racimos del deseo y la piel de tu espalda

mis labios buscan la sed derramada de tu cuerpo.

Y en tus senos, desarmado, el tiempo se vuelve sueño,

arrullo de palomas en mis entregadas manos.

Casi estamos perdidos, varados en el desierto del mundo,

guardando la luz y la emoción que nos donaron los astros.

De esta ternura nacen mis versos,

con el aroma de tus huellas

y el dolor inquebrantable de tus ausencias.

 

 

 

Ondean al viento

 

Ondean al viento

los últimos días del invierno,

se abren a la luz de la mañana

las horas en que se reposa

el dulce sabor de la esperanza.

En mis manos reverdecen los tallos,

mi corazón derrumba todas las barreras,

mi voz deja en el aire

los aromas de abriles pasados,

mientras deshago el fuego

esparciendo nuestras cenizas

y apago las lunas del silencio

como si nunca más volviera a existir la noche.

 

Nada

 

 

Nada de lo que me rodea me es ajeno

y todo me hace relativamente feliz,

cómodo, entregado a las cosas del día,

pero a la vez necesito deshacer

esta silenciosa soledad

con un nuevo deseo de ti.

Reparar la sombra de la ausencia,

unir cada guión de mis dedos

con el escalofrío cálido

de la piel de tu espalda,

sentir la pasión y la ternura,

la renovada herida

que me guarda la noche

en su prolongada despedida.

De los golpes del mar

Si sólo en ti quedara el adarce azul del aliento

que el mar ha recreado en tu memoria,

como si siempre hubieras habitado sus orillas,

y fuera él, el mar, un desván donde guarecer los sueños del tiempo,

este libro tuyo, cantaría en sus mareas

los dulces silencios que entregado el océano te regala.

En esas palabras que dibujas, la sabara desnuda todas las emociones,

y en su eco también se revisten los verdes bosques y los lejanos navíos,

mujeres desbordadas por la historia y hombres desvanecidos en las olas,

dejando a la vista la sangre que bombea un corazón indomable.

 

En noviembre leí el libro de Antón Castro "Golpes de Mar" y desde entonces esperaba poder escribir sobre él, hasta ahora, hoy pensando en ambos me ha salido este poema que quiero que sirva como pequeño homenaje del libro y sobre todo del autor. 

El viento ondulado

El viento ondulado

 

 

 

Aunque hayamos roto los últimos vínculos que nos unen.

Aunque tú, sentada sobre el miedo y el silencio,

nunca más hayas querido oír mi nombre.

Yo tengo el viento ondulado a mi favor

pasando a través de los crepúsculos

como el aliento terrible de mi fracaso.

Y este amor del que nunca quisiste saber nada

sigue deslumbrando las noches

y ahuyentando los días

con la voz que nombra tu ausencia.



© fotografía 2007 José Antonio Melendo

 

Oscura lluvia

 

 

 

¿Qué oscura lluvia de versos deshojas entre tus huellas?

Arde el jazmín encerrado en tus ojos

y el día viene envuelto en insobornables nubes grises.

Llueve a ratos con un desierto de charcos

devolviéndome las miradas que traigo en mis manos.

En mi corazón apenas queda aliento

tras ver tu sonrisa deshilachando el humo y la ceniza.

Lluvia entregada al eco de mis palabras

como si la tristeza arrastrara una marisma

donde todavía fuera posible descansar.



* Escribí este texto al regreso de visitar a mi madre.

Wind of Change

 

 

Reúno todos los acertijos de la mañana:

el cielo azul con sus deshilachadas nubes,

la luminosidad extraña del día,

los periódicos encima de la mesa,

la novela de Ana que he empezado,

B. B. King con su corazón a corazón

y su guitarra rasgando sentimientos

e inundando la casa con su voz,

los otros libros de poemas

que intento ir leyendo...

ella, dando vueltas

alrededor de mi cabeza y de mi vida.

Ayer escuchaba a Los Scorpions

y  al llegar a su balada Wind of Change,

me deje llevar por esa idea...

¿viento de cambio?, quizás sí,

quizás empiezo a sentir el brote

de una nueva primavera.

 

Para M.M. y su lucha contra el tabaco

No se han de oír más sus palabras

 

No se han de oír más sus palabras,

los borrachos quedan varados en los rincones,

como la ropa vieja, en el ovillo de sus vómitos.

La noche no deja por eso de ser fría,

muy fría para ser todavía octubre.

Hemos abandonado la música y los farolillos

para poder, rodeados de murmullos,

fumar los últimos canutos y beber la cerveza tibia,

nadie diría que es la fiesta grande,

tanta soledad y el olor a urinario improvisado

deja entre nosotros la impresión del desconcierto.

Ellas sonríen y en sus miradas hay selvas

donde es fácil perderse entregados a sus bocas.

Dejaremos en su piel desnuda la savia 

y el sudor que hemos traído de la ciudad,

el verso silencioso de nuestro deseo.

Bajo el manto

 

Bajo el manto enhebrado de los astros la noche calla.

Escucha el susurro que en el hueco del viento se hace eco.

Tú sabes más de las caricias que esconde la piel

y del sabor humedecido del deseo.

Cantas con la voz desgarrada de la pasión,

abriendo a la luz y a la penumbra

nuestro armonioso silencio.

El vuelo

El vuelo

 

 

                     Miguel Angel Latorre me envió hace unos días esta magnífica foto de la marcha de las grullas desde Gallocanta. Es una despedida, pero también una hermosa esperanza de regreso. Al verla, recordé inmediatamente un poema que le dediqué allá por el verano a Teresa, nuestra Teresa de Zaragoza mon amour, cuando volvía a casa, a Zaragoza de nuevo. Así que ahora los pongo aquí pegados, foto y poema.



Dentro de poco, cruzará la vida
volando junto al horizonte azul,
y será una flecha victoriosa y palpitante,
todos en un sólo corazón,
que se alimentará de la ausencia y del olvido.
Irán en busca del calor y de la luz,
dejando atrás recuerdos y nostalgias,
en su agotador vuelo siempre hacía el sur.



© fotografía 2007 Miguel Angel Latorre.



Casi nos hemos dejado

 

Casi nos hemos dejado deshacer por la aurora.

Nuestros cuerpos apenas han dejado un pulso de reposo.

No es sólo el amor la pauta, el ritmo, la cadencia

que une la piel y el sentimiento,

hay un sinfín de emociones compartidas

que ni el tiempo sabe descifrar.

Pero el sol extiende sus brazos

y el día merodea nuestro cuarto:

volvemos a ser dos.

Se hace la tarde

 

Se hace la tarde con el regazo de los sueños.

Cabalga entregada en la difusa sabara

que a todos nos ofrece el silencio.

Se deshace en nubes derramadas por el viento

y el sol de invierno se refugia en su desván de recuerdos.

Todo lo que amamos puede esperar.

Este ansia infinita de tu cuerpo,

deseo y ternura que arden en mis manos,

se adormece entre los cojines verdes

y el largo sorbo del café frío.

Sé que la soledad es una pasión que me domina

-rumio todos los sentidos de las palabras-

y me persigue la cadencia precisa del tiempo,

derrotando mis versos con su particular ironía.

En este desierto sin rostros sigo,

aún así, alborozado,

bendiciendo el aroma de las rosas

que desde el amor se mecen,

y el misterio de ver volar los pájaros

que hacen elevarse mis ojos hacia la luz.

Queda mucha tarde para soñarte.

Porque hubo un día de febrero

No hay amor desnudo más grande

que quepa entre tus manos y las mías.

Hay un río de profundo cauce

donde reposan

todos los silencios

y todos los susurros.

Orillas de piel,

deseos de ámbar,

un ángaro eterno

donde se funden las noches

con el dulce sabor de las caricias.

Desgrana amor esta jugosa fruta

y encuentra el milagro de los días

- el café y el zumo de naranja,

 el sofá azul donde somos un ovillo,

las cajas que guardan los recuerdos,

 la eterna pila de libros sin leer,

los versos sin hacer,

la última canción de Silvio,

todos los sueños que hemos vivido,

todas las lágrimas que nos han unido...-

y en cada beso húmedo de nuestros labios,

en cada encuentro cuerpo a cuerpo,

sabes bien, que nunca se asentará el olvido.

Tengo la soledad

 

 

Tengo la soledad azul del universo,

el viaje de los astros reflejando

los sueños rotos por el tiempo,

el deseo de que todo se detenga,

que nada se acabe, que nada sea un recuerdo,

una nostalgia más entre las mías,

que tú perdures aquí entregada,

sin el dolor reconocido de tu ausencia,

sola e inagotable en el amor de todas las noches

y que en tus labios mi nombre humedezca el aire,

mientras la aurora se detiene

en el borde de un nuevo e inexistente día.

Encierra tu cuerpo todos los misterios

 

 

Encierra tu cuerpo todos los misterios,

los que mis manos y mis labios ya conocen

y mis ojos han recorrido lentamente,

igual que ven pasar las nubes

en el cielo de un día florido de mayo.

Sentada en el desnudo amanecer sometes al silencio,

al quiebro hiriente de la luz de la mañana

y me miras, con el reflejo perdido

de los últimos sueños del verano,

intentando descifrar qué hay en mí

que siga despertando tu ternura.

Porque te amo

 

Porque te amo,

amo a todas las mujeres.

En todas te busco,

a todas te comparo,

y al amarte sólo a ti

a todas, un poco, las amo.

Puede ser ese hombre

Puede ser ese hombre

 

 

Puede ser ese hombre ahuyentando el silencio,

quizás el último que retuvo tu respiración

y te hizo sentir el quebrado surco de los juncos,

y la húmeda saliva de su voz

te arranco los gemidos

que nunca olvidarás.

De ese amor, hoy imposible,

el río retiene tu recuerdo,

y la noche guarda en su regazo

las pequeñas maldades de tu mente.



© 2007 fotografía José Antonio Melendo

Tras de tu cuerpo se va el mío

Tras de tu cuerpo se va el mío,

como una sombra se quiebra la noche

en el largo jardín de nuestra cama.

Arden los faroles y tiemblan los surcos

en el instante perfecto de un gemido,

lágrimas azules en tu boca.

No hay piel que pueda derribar estas montañas,

este mundo de enrojecidas siluetas

donde en el aire se respira

la fragancia de los sarmientos

y el tiempo se detiene

para ver soñar a una caricia.