De mi infancia no hay ningún recuerdo
que me devuelva la fragancia de un limonero,
ni la fresca sombra de un patio
con el silencio compartido de su fuente.
Hay, si acaso calles en cuesta y empedradas,
otras de tierra y ciemo de las caballerías.
Había gatos que siempre se perdían al lado del brasero,
-aquello era frío en el invierno-
y una cadencia de mansedumbre
con que la pobreza alineaba los días.
Oigo todavía los gritos, las peleas con piedras,
duelen las cuqueras, los ronchones en las piernas,
el doloroso trabajo del campo con sus tareas milenarias.
Bendigo el descanso de las noches de verano sentados a la fresca
mientras los vecinos murmuraban sus sueños,
y recuerdo a las personas que se cruzaban ante mis ojos,
pobres buscadores de la vida, hombres de leyenda:
afiladores gallegos en sus herrumbrosas bicicletas,
vendedores ambulantes de peces de río gritando su mercancía
-¡ barbos, carpas, madrillas frescas! - buhoneros,
estañadores y reparadores de paraguas,
figuras oscuras de miradas centenarias
que los niños mirábamos con miedo,
vareadores de colchones de flexibles varas,
y vendedores de olivas
con sus capazos de cuerda colgados al hombro...
Retengo en mi memoria las sopas rojas de calabaza
y las meriendas, pan con vino y azúcar,
o con porciones de chocolate
terroso que me daba la abuela,
y las olivas negras de Belchite, relucientes,
comidas a pares porque traían buenos sueños.
Victor Juan compuso el otro día un post sobre las olivas negras que trajó a mi cabeza un montón de antiguas memorias.