Cierzo
Me derrumba este viento esquivo donde se mecen a mi vista undosas y crecidas hierbas grises que rehacen la larga melodía que en mi corazón deja la inconstancia.
Me derrumba este viento esquivo donde se mecen a mi vista undosas y crecidas hierbas grises que rehacen la larga melodía que en mi corazón deja la inconstancia.
Descubriendo poetas Es verdad que cada día puedes descubrir nuevas cosas y a veces personas, en este caso poetas. Juan Antonio González Iglesias es un poeta con una vitalidad serena que hace que sus palabras vayan desembarcando en ti con la suavidad de la brisa pero calando lentamente en tus emociones con su habilidad poética, personal, de rasgos clásicos pero que buscan siempre la hermosura del cuerpo y la exaltación de la belleza interior y exterior, fundiendo sus claros orígenes grecolatinos (es profesor en la Universidad de Salamanca de filología clásica) con el mundo actual lleno de contradicciones.Entre sus obras “La hermosura del héroe” (1994), Premio Vicente Núñez; “Un ángulo me basta” (2002), Premio Internacional Generación del 27; y “Eros es más” (2007), Premio Loewe, a punto de salir a la venta. Os dejo un poema de los que nos ha leído hoy:
HAY ALGO EN EL AMOR
Hay algo en el amor que pertenece
a este mundo. En los múltiples
instantes en que todo
tiene sentido desde que llegaste,
en toda la materia de pronto convertida
en regalo, pradera que pisamos,
terraza que se asoma o muralla que guarda,
también en la dulzura de los días,
en la rutina humilde de tenerte
a mi lado,
lo noto.
Pero algo en el amor no es de este mundo.
Algo que no es abstracto.
Lo pruebo, por ejemplo, en la temperatura
de tu piel, cada vez que nos quedamos
dormidos juntos, y cada mañana
en que no espero más que tu primer
beso, cuando recobras
a ciegas tu lugar entre mis brazos.
Entonces se anticipa lo que un día tendremos
definitivamente.
Para poder nombrarlo
se me hace necesaria la noción de solsticio.
No lo razono más. Es una especie
de primicia.
(de Eros es más)
Hoy día 8 a las 7,30 Poesía en el Campus dentro del curso “Tendencias realistas en la poesía española desde 1980”Coordinadora del curso Mª Ángeles Naval (profesora de la Universidad De Zaragoza)Presentador del recital publico Manuel Vilas (poeta). Lugar el salón de actos de la Facultad de Económicas y Empresariales de Zaragoza.
El próximo día 15 en el mismo lugar y a la misma hora otro recital poético a cargo de Francisca Aguirre (Premio de la critica valenciana 2001).
Se dice de lo que es sólido y fuerte. Aplicase especialmente a las maderas. Parte más dura y sana del tronco de los árboles, que se prefiere para las artes y construcciones de importancia. (R.A.E.)
He perdido el último recuerdo que guardaba de ti.
Quizás queden todas mis palabras prendidas en el viento,
los versos que en tu huida ardieron en la noche
y que en sus murmullos de pavesas el aire enrojecido,
poco a poco, convertía en ceniza y humo.
Sólo este lugar y estos días de marzo,
como un susurro que mi corazón no olvida,
traen el aroma y la sombra que tu cuerpo dejaba en el tránsito
de aquellos últimos crepúsculos de invierno.
© fotogrfía 2006 José Antonio Melendo.
No somos nada,
quizás por eso nos olvidó la vida.
Hemos cruzado el largo silencio de la luz
y en el resquicio de un sueño
dejado las palabras,
todas las emociones de un latido,
el cálido dolor de una pasión.
Sólo nos espera el recio patíbulo del tiempo
y una senda de lejanos recuerdos.
Huellas en los versos,
oropeles de nostalgias,
ardiente fuego de cuartillas,
ceniza, humo, nada.
© fotografía 2007 José Antonio Melendo
Podría ser una ráfaga de viento entornando la noche
y dejar entre las rendijas de la luz tu sonoro nombre.
Quizás sería el fuego de unos sarmientos ardiendo
bajo el enrojecido color de tu ojos
mientras dibujas pensamientos.
A lo mejor, agua de lluvia,
que en la tormenta de la primavera
te empapa en tu huida de mis húmedos besos.
Pero tú me has soñado como soy,
y en las noches sin tregua,
cerramos los pulsos del silencio
encadenados al verso de tu cuerpo
y al resuelto camino de mis manos.
Sin ti me diluiría o acaso dejaría de existir,
para ser la mirada perdida de un hombre,
frente al derribado silencio de un río
o al crepúsculo herido de un día de verano.
Cierzo fuerte. Ventana o abertura para ventilación. (R.A.E.)
Resurges en la tarde elevada en el azul de un cielo sin miedos como una cometa unida a mi con los invisibles hilos de la esperanza. Sabes que en el amor que te profeso los silencios caminan entretejiendo los días como una red de miradas cálidas y caricias engarzadas. Entre los racimos del deseo y la piel de tu espalda mis labios buscan la sed derramada de tu cuerpo. Y en tus senos, desarmado, el tiempo se vuelve sueño, arrullo de palomas en mis entregadas manos. Casi estamos perdidos, varados en el desierto del mundo, guardando la luz y la emoción que nos donaron los astros. De esta ternura nacen mis versos, con el aroma de tus huellas y el dolor inquebrantable de tus ausencias.
Ondean al viento los últimos días del invierno, se abren a la luz de la mañana las horas en que se reposa el dulce sabor de la esperanza. En mis manos reverdecen los tallos, mi corazón derrumba todas las barreras, mi voz deja en el aire los aromas de abriles pasados, mientras deshago el fuego esparciendo nuestras cenizas y apago las lunas del silencio como si nunca más volviera a existir la noche.
Nada de lo que me rodea me es ajeno y todo me hace relativamente feliz, cómodo, entregado a las cosas del día, pero a la vez necesito deshacer esta silenciosa soledad con un nuevo deseo de ti. Reparar la sombra de la ausencia, unir cada guión de mis dedos con el escalofrío cálido de la piel de tu espalda, sentir la pasión y la ternura, la renovada herida que me guarda la noche en su prolongada despedida.
En su libro SERÉ LEVE Y PARECERÁ QUE NO TE AMO, Magdalena Lasala nos dejó el bello poema "En noches como ésta": En noches como ésta en que mi cuerpo no recuerda nada, la melancolía se llena de futuro, incluso el silencio me habla y dudo estar sola, pero no sé quien me acompaña. Si no es la esperanza, ¿quién hunde los dedos en mi cabeza y baja por mi espalda, quién me dice que me ama?
Si sólo en ti quedara el adarce azul del aliento que el mar ha recreado en tu memoria, como si siempre hubieras habitado sus orillas, y fuera él, el mar, un desván donde guarecer los sueños del tiempo, este libro tuyo, cantaría en sus mareas los dulces silencios que entregado el océano te regala. En esas palabras que dibujas, la sabara desnuda todas las emociones, y en su eco también se revisten los verdes bosques y los lejanos navíos, mujeres desbordadas por la historia y hombres desvanecidos en las olas, dejando a la vista la sangre que bombea un corazón indomable.
En noviembre leí el libro de Antón Castro "Golpes de Mar" y desde entonces esperaba poder escribir sobre él, hasta ahora, hoy pensando en ambos me ha salido este poema que quiero que sirva como pequeño homenaje del libro y sobre todo del autor.
Piedra de rayo. (R.A.E.)
Aunque hayamos roto los últimos vínculos que nos unen.
Aunque tú, sentada sobre el miedo y el silencio,
nunca más hayas querido oír mi nombre.
Yo tengo el viento ondulado a mi favor
pasando a través de los crepúsculos
como el aliento terrible de mi fracaso.
Y este amor del que nunca quisiste saber nada
sigue deslumbrando las noches
y ahuyentando los días
con la voz que nombra tu ausencia.
© fotografía 2007 José Antonio Melendo
¿Qué oscura lluvia de versos deshojas entre tus huellas?
Arde el jazmín encerrado en tus ojos
y el día viene envuelto en insobornables nubes grises.
Llueve a ratos con un desierto de charcos
devolviéndome las miradas que traigo en mis manos.
En mi corazón apenas queda aliento
tras ver tu sonrisa deshilachando el humo y la ceniza.
Lluvia entregada al eco de mis palabras
como si la tristeza arrastrara una marisma
donde todavía fuera posible descansar.
Llegan semidesnudos con el dolor azulado del océano.
Hay un brillo de orgullo tras la mirada indefinida.
De estos hombres no temo nada,
ni siquiera el afán con que nombran sus deseos.
Nada es capaz de arrancarles los sueños.
Quizás la vida valga más a este lado de la luz.
Crecen despojados de toda humillación
y en su debilidad llevan la semilla de la grandeza.
© fotografía 2007 Miguel Angel Latorre.
Palanca para remover o levantar pesos. (R.A.E.)
De David Mayor en su libro "EN OTRA PARTE" el poema Queimada. Aquella noche la tengo en los dedos: la espalda de tu cuello, las palabras justas, la querencia. Tú llenabas el silencio y sonreías, los demás esperábamos la señal para bebernos las sombras, las palabras anudadas, el licor antiguo. Y luego siguió el viento deambulando y te guardé en los dedos para siempre.
Reúno todos los acertijos de la mañana: el cielo azul con sus deshilachadas nubes, la luminosidad extraña del día, los periódicos encima de la mesa, la novela de Ana que he empezado, B. B. King con su corazón a corazón y su guitarra rasgando sentimientos e inundando la casa con su voz, los otros libros de poemas que intento ir leyendo... ella, dando vueltas alrededor de mi cabeza y de mi vida. Ayer escuchaba a Los Scorpions y al llegar a su balada Wind of Change, me deje llevar por esa idea... ¿viento de cambio?, quizás sí, quizás empiezo a sentir el brote de una nueva primavera. Para M.M. y su lucha contra el tabaco
De Manuel Vilas este poema de su libro RESURRECCIÓN”
Las manos de las cajeras
Sólo dios sabe por qué se me regaló el don de aprenderme de memoria las manos de todas las cajeras que me han atendido y cobrado alguna vez en mi vida. Es un don inexplicable, frenético cautiverio de los ojos. Cajeras del Carrefour, del Sabeco, de Alcampo, cajeras de todas las tiendas que he visitado, llevo vuestras manos en el disco muy duro de mi memoria. Manos grandes, pequeñas, manos tristes, alianzas, adornos, uñas de todas las formas y de todos los colores, venas bajo la piel, manos atadas a una máquina registradora, manos cansadas, uñas rotas. Falanges señaladas para trabajos poco señalados. Manos siempre pulcras, manos a veces de una belleza fulminante. Manos inesperadas. Siempre que voy con el carro de la compra, y dejo el azúcar y las galletas en el mostrador, y comienza la cajera el rito de coger con sus manos mi compra, me invade una rabiosa melancolía: miro esas manos que cogen lo que compro, esas manos esclavas, las mías que también lo son, las mías que sacan billetes de una cartera, las manos de ella, con sus uñas pintadas (he visto cien mil uñas encerradas en cien mil colores), los cambios, El Rey de España pasando de mano en mano, ausente él también con su efigie narcotizada, las estúpidas galletas, la abundante azúcar. Y es entonces cuando actúa mi memoria. Allí donde solo hay manos muy baratas en trabajos muy duros, yo me aprendo esas manos muy de memoria: dedo a dedo, alianza por alianza, uña a uña, cada falange, cada vena abandonada a su suerte, cada pliegue de la piel, cada forma delicada de los dedos.