Ya sé
Ya sé que esta noche estoy solo,
pero no pienses que va a ser fácil
convencerme,
tú sigues teniendo la llave de tu cuarto
pero yo tengo la de un sueño.
Ya sé que esta noche estoy solo,
pero no pienses que va a ser fácil
convencerme,
tú sigues teniendo la llave de tu cuarto
pero yo tengo la de un sueño.
¡Que sombra deja el ejercicio del amor!
Húmeda y ensimismada, casi exhausta,
se descompone entre el rocío,
oloroso festival de océanos profundos,
ese sudor de amantes
- tan distinto al que produce el miedo o el trabajo -
y el revuelto desorden de las sábanas,
con sus huellas enmarañadas y su eco de dulces gemidos.
Después el baño los acoge,
el agua arrastra los sabores dejados por los labios
y el almizcle que todavía corre por los muslos.
El deseo calmado en la felpa de las toallas se abandona
y una parte de ellos se va consumiendo lentamente.
A veces me pregunto por qué nunca hablo de rascacielos
siendo que vivo en un octavo piso con azotea
y veo hacía abajo el mundo muy pequeño.
Tal vez no tenga el ritmo preciso de palabras
para abandonarme a la sutileza de lo diminuto.
No poseo el poder simbólico del diccionario de las calles;
es un esfuerzo observar con pasión el centro de una avenida,
ver pasar a la humanidad renqueante de ilusiones
como náufragos de un barco sin capitán
y dejarse arrastrar por la carcoma y los óxidos,
todos los que envuelven el derramado tumulto de la urbe.
Ahora desearía poder encender un fuego nocturno,
allí tú y yo y algunos amigos
dejaríamos las caricias de la palabra
fluir en el rojo incandescente de la hoguera,
con los deseos y los sueños olvidados
navegando en la brisa con el humo
y volver a ser de nuevo cenizas de una noche,
algo para recordar con agrado el resto de los días.
Si he de decirte algo,
quiero que sea hermoso,
algo que deje sorprendida tu mirada,
que no valores más este encuentro
en esa balanza donde cada noche
intentas no ser moneda fácil.
Bebamos sorbo a sorbo el largo trago,
oigamos la música
que en el fondo nos halaga
y nos separa del resto de la gente.
Déjame ser tierno,
acariciar tu mano,
darte un beso,
acaso con los gintonics
sea lo único
que tu boca y la mía
puedan probar juntos.
En el transcurso de la tarde el día se hace largo.
El estío siembra el día de tardes interminables
y uno crece al ritmo de las cosas, poco a poco,
como las sombras que el sol va germinando en un muro.
Puede ser todo tan sencillo,
tener las manos vacías
y en sus surcos arremolinarse las caricias,
y allí otorgárselas a un gato, a un perro, a un niño,
quizás al amor inesperado,
tal vez al de toda tu vida,
y en los silencios que nacen escribir palabras.
Quebradas y onduladas,
deshacen la placidez de agua
y retornan con su eco a las manos,
como si el mensaje fuera para ti mismo,
pero tú siguieras preguntándolo al viento.
Aún así, debajo de un gran níspero,
la tarde se hace larga
y el viento te trae canciones y murmullos,
que siempre te estremecen y deseas dar un abrazo,
una caricia a un gato, a un perro, a un niño,
a un amor inesperado, al amor de toda tu vida.
Debo recordar que de tu boca
sólo he recibido el largo placer de su sabor a cereza,
roja y enigmática sensación de dolor.
Todo lo que el silencio arrastró con tus manos
no lo pudiste deshacer con tu ausencia,
el color de tu cuerpo entregado al amanecer;
el escalofrío contenido cuando tus labios
hablaban lentamente a mi piel;
la ternura, música de tus dedos y los míos
jugando en el rompeolas de las emociones compartidas.
Es ahora cuando el calor de la noche
me atrapa en sus sentidos olvidos,
cuando tu fragancia deshecha por el viento
es un río caudaloso recorriendo mi cuarto.
En los dedos del viento el incendio se esparce,
el sueño de la noche es ahora un grito,
un diamante azulado en tu boca de nácar.
El ritmo de tu voz marca las horas
al despertar en la luna el silencio dormido.
Llora un niño, ladra un perro,
alguien se asoma y sisea en el eco
pero mi corazón se ha ido
detrás de tu sombra y tu gemido.
Sólo el silencio, roto instante
por la suave caída de las flores
sobre el verde terciopelo del trébol,
y el pájaro brillante
iluminando el eco
con el rumor de su canto enamorado.
Así se hacen en mi jardín el paso de las horas.
Busco entre las alamedas la sombra que te guarda,
el pequeño rincón donde reposas,
ahora, en la media tarde del estío,
mientras miras en tu silencio de bosque
el largo manto del río y piensas, seguro,
en lanzar a sus entrañas tantas piedras
como deseos ocultos has perdido.
Al final no te encuentro, pero sé que no estás lejos,
el río lleva en su desnudo eco
las ondas tristes de tu desilusión.
Nada hay en nosotros que nos haga héroes,
ni aunque sólo sea por el largo intervalo del invierno
y el azote continuo de sus noches.
Al volver el alba, no somos más que éramos,
ni se nos cubre el sudor con el goce del oro,
apenas algún nuevo amago de tristeza
o el nacimiento de una nueva cana.
Desde aquí puedo darte la música del viento,
esforzada sábara de sueños
que de mis labios llega
a tus oídos sabios.
Puedo darte una encendida palabra
que se deshaga con el fuego ante ti,
ante tus manos,
e ilumine la noche
en el instante de su fugaz vida.
Desde aquí, el rincón de los olvidos donde habito,
puedo darte una mirada,
una mirada ardiente
que te traiga el color del infinito
y te entregue el azar que hace que tú y yo
miremos juntos y en silencio
el dolor de la noche.
Apenas nos cabe más lluvia en nuestras manos
y un silencio de estrellas inunda la noche.
Nos queda oír el palpitar de la marea
y en sus olas blancas
dejarnos atrapar por el abandono,
como si de este mar
pudiéramos llevarnos
todavía un sueño.
No sé si en el ardiente bullicio de la juventud
encuentro más la frescura de tus emociones
o el largo y sentido quehacer de todo lo que enhebras.
Será como tu pelo, que en su extraño deleite,
sigue siendo del color de la cerveza,
o este mirar oscuro de tus ojos
en que herida, la soledad,
también hizo de ti
un lugar donde habitar
y reencontrarse.
Recorro las estancias de la noche
bajo la mirada silenciosa de la luna.
Desplazado el tiempo por tu mano,
remites el verso al rincón
donde crepita el fuego
y arden las palabras
como sarmientos
cargados de susurros.
Toda la noche se hunde en los sueños
y en el rincón donde el alba nos aguarda.
Pero tu cuerpo y el mío
se buscan en el roce de la piel,
como las olas besan las húmedas arenas
y como las horas siguen su eterno camino hacia el olvido.
©2007 fotografía Miguel Angel Latorre
Demorado en los dulces halagos
que en el aire dejan las flores de la noche,
así, así ha de recogerme la soledad,
junto al fuego de cenizas
y ardientes brasas,
donde nada es tan sencillo como parece,
pero que agradable es sentir
el calor enrojecido de los sueños,
y el eco de un humo errante,
que atraviesa lejanos y recónditos paisajes
buscando el amor y los recuerdos.
Este poema lo he hecho pensando en Marta, mi amiga Nómada y poeta, que le han dado el Premio Victoria Kent por su libro "La Victoria del Heno", gracias por estar ahí.
En las ausencias de las pequeñas cosas
el dolor es manso, sutil, opaco.
Su bullicio nos hace pensar,
sentirnos extraños e indecisos ante su falta
y ante los caminos que nos llevaban a ellas a diario,
sin pretensiones, se vuelven insólitas preguntas.
Echamos de menos un vaso donde bebemos agua,
una cucharilla que nos removía el café,
la jarra que trajimos en un viaje,
el pequeño flexo azulado del cuarto de estudiar,
la almohada que sabe de nosotros
o ese cojín mullido donde dormían
las siestas nuestros sueños.
Aprendemos con el tiempo
que la vida también nos depara
el milagro de lo cotidiano.
Veo en la noche un relámpago,
el estallido de un látigo
que me arrastra hasta Venecia,
y tú estás allí,
cuando la ciudad del mar
sólo era lluvia,
inmensa y torrencial.
Era un verano eterno
estar contigo, entregado
al húmedo destino de querernos.
Desnudos en aquel viejo ático de hotel,
tú me secabas ensimismada el pelo
mientras a través de la ventana
la noche se hacía cómplice
y nos dejábamos llevar
por la suave pendiente del deseo.
Entre las manos sujeto un ramillete de noches,
aquellas que tuve alrededor de la lumbre de tu cuerpo
y que dibujaban amaneceres de enrojecidos soles.
Si he perdido todo lo que el remoto norte
en su azar imantado de brújula me daba,
para llegar a ti con la fragilidad de mi mirada
no basta, tampoco seguir el ritmo cadencioso de un blues,
ni en el rumor de las tardes en que he buscado tu rastro.
Desnudo de avatares, ya no puedo
sembrar de flores azuladas el sendero de tu boca,
ni siquiera volver a comenzar
el asedio que tu corazón desea.
Ahora sé, que en los designios de la noche estás a mi lado,
en ese círculo de fuego en que te ensalzo,
junto al hecho impredecible de un poema,
ahora vistiendo de luz mi soledad, me persigues,
en esa última palabra en que tú existes.
Será el azar o la fragilidad
lo que hace que un silencio se componga de notas,
accesorios imprescindibles de la música
en que las tardes se arrastran por el río,
con su ruptura de luces y abandono,
bajo el dolor impávido de los puentes
y la mirada oscura de algún hombre.
Tus ojos son fuego,
ardientes ángaros
conduciéndome en la oscura noche.
Tus ojos son agua,
rumor de mareas
entregadas a océanos olvidados.
Tus ojos son aire,
viento moviendo los campos de trigales
en el sueño de una larga primavera.
Tus ojos me reflejan
el dulce color de la caricia,
el dolor de una lágrima sentida,
el verde color de la esperanza.
Se me figura que son el mundo
hacia donde dirijo mis perdidos pasos.
© fotografía 2007 Miguel Angel Latorre