Sin ti
Sin ti soy un cándalo seco,
abreviada sombra en el jardín,
esperando el milagro
de tu llegada y tu caricia.
Sin ti soy un cándalo seco,
abreviada sombra en el jardín,
esperando el milagro
de tu llegada y tu caricia.
No he cubierto la noche de palabras,
ni siquiera mis versos
pueden dar luz a este silencio.
De esta branza que me une a ti
nadie conoce, salvo tu sabia mano,
que hace girar como diminuta peonza
los hilos invisibles que nos atan.
Quedaré aquí eternamente,
al lado justo donde llega tu mirada,
mientras tú seas la luz que ilumina la noche
y yo no tenga más vida que en tus ojos.
Me hubiera gustado que en el amor de esta noche,
celebrado el perpetuo encuentro
bajo las guirnaldas de nuestro propio deseo,
surgiera el incandescente amanecer,
ocultando las palabras en la luz,
que el verbo germinase en un viento del sur
y tus ojos y los míos pudieran sostener el nuevo día.
No necesito alargar la mano
para acariciar el silencio de la mañana.
La aurora apenas ha esbozado
su iluminado abanico,
mientras tú, permaneces quieta y distante,
entregada al último suspiro del sueño.
Hace todavía fresco,
es agradable sentir la brisa
que trae el alba,
y sentado en los escalones de la terraza,
tranquilo y solitario,
veo nacer el día.
He comido de las uvas del anochecer,
entregado al bello y silencioso
acto de contemplarte,
y ver tu sueño
desbordando tu cuerpo,
como si una aureola de felicidad
surcara nuestra pequeña alcoba.Olvido.
Olvido.
Olvido.
¿Por qué todavía sigo acordándome de tu nombre?
En este adiós he reposado la noche.
Llueve el otoño tras la sombra de tu silueta lejana.
Sé que siempre habíamos dibujado un final,
pero nunca espere que fuera yo quien se alejara
y tú fueras el último respiro que dejé en la ciudad.
Quebrado llanto, tras de ti la soledad
echa raíces en mis huellas de sándalo...
y eso esta bien, ya que ahora,
mirando la abandonada calle,
no espero nada más,
tan sólo el regreso del amanecer.
Un lamento de lluvia nos trae la noche.
Se hace melodía el murmullo del agua,
y pasan los automóviles
dejando atrás, abandonadas, sus estelas.
Callados, miramos la calle hundirse
en charcos donde borbotea el agua
y se iluminan con un sinfín de luces amarillas...
un borracho, empapado, blasfema y golpea las farolas,
mientras la lluvia y la penumbra lo va engullendo.
Nuestro silencio recita la canción de la tormenta.
En mi mano abierta cabe el atardecer,
el último suspiro de la luz.
Tú dejaste que el silencio
fuera amante húmedo
de tus ojos, y templaste el tiempo
con un racimo de encadenada lluvia.
En los charcos, violetas encendidas
se arremolinaban en los pies
y un reguero de ardiente fuego
siguió nuestro camino.
Tu cuerpo es la noche.
Armado silencio de dulces presagios.
Camino por senderos blancos
donde mis dedos acarician
húmedas palabras,
y deshacen el tiempo
en orillas granadas.
Cabe tu cuerpo en mis manos
como la luna se recoge
ante mis ojos.
Susurro el abanico de maldades
y engarzo el paso de los vientos
al amaranto acrisolado de tu boca.
Somos sombras huidizas
entregadas a la luz
en la batalla.
Piel con piel,
y no habrá más allá
que tus diminutos pies
escondidos entre los míos.
De ti y de mi
no queda nada.
Tan sólo el rastro
del adiós y del olvido.
En la lluvia
se dibuja el otoño,
como en las caracolas
vive el aliento del mar;
y es el otoño
el que trae en su regazo
el frío recuerdo
de tu marcha.
De ti y de mi
no queda nada,
tan sólo el otoño
dibujando tu cara.
Casi no te has ido
y ya nos derrumba la nostalgia,
el recuerdo de tu sonrisa, tu ironía.
No es el adarce de tu sombra
el único bagaje que nos dejas,
tras tu rápido paso por la vida.
Este dolor amargo de tu ausencia
es acíbar bebido poco a poco,
veneno en el dolor,
sal marina caída en nuestra herida,
ardiente palabra en esta noche oscura.
Te has alejado al fin,
abandonando las uvas y la ira,
navegando entre nubes del adiós,
siguiendo el largo camino de la luz.
Espero que en el sitio a donde has ido
te aguarden océanos de cristalinas aguas
y alcances fondos marinos a tu gusto
con cientos de peces y corales.
Que encuentres decenas de utópicas ciudades,
donde Tampa sea sólo una sonrisa,
un pequeño juguete de la melancolía.
Te digo adiós amigo.
Prosigue tu viaje solitario y enigmático.
Pues nosotros aquí,
abandonados,
nos quedamos
mirando transcurrir el silencioso río azul,
para siempre recordarte.
Vengo desnudo de palabras y de sueños
tras recorrer largos senderos de inocencia.
Como a la noche, tú me esperas llegar,
vestido en la sombra,
en el murmullo del aire
y en la nostalgia.
Pero sólo me acerco a ti,
con el monologo
incontestable
de una caricia.
No romperemos más la noche
con el hiriente dolor,
ni haremos del fuego del ángaro
jenízaro transeúnte de nuestro silencio.
Sólo quedará en la mañana
la ceniza esparcida por el viento,
barrida por la ausencia y por el tiempo,
y el beso de la soledad en nuestros corazones.
¿Qué sombra en tus ojos esconde el ritmo de tu vida?
Pasas entre mis manos y tus pasos son agua,
posos de los años que se esfuman,
dorada arena de una solitaria playa
a la que sólo tú mirada llega,
y el mar arrastra en sus olas azules
una marea de olvido
con todos tus recuerdos,
todos tus silencios
y todas tus palabras.
Ya se van envolviendo los silencios
en su airado vuelo de pájaros azules.
Desmigado el pan oscuro del estío
en sus días de alabanzas
y en el verso hermoso del centeno,
traen las horas guirnaldas de lluvia
y lamentos de vientos huidizos.
El norte es la quimera perdida en el ocaso,
el último grito que la luz deshecha
tras la batalla sin vencedores ni vencidos.
Siempre gana la mano oculta del tiempo,
donde el otoño se dispersa y acechante
se desborda en el ímpetu de los ríos,
creciendo en las amarillas copas
de los arces, los chopos y las hayas
y en el canto de luna
de las dormidas enredaderas.
Nada queda más que recoger los frutos de las uvas,
alargar las miradas detrás de los cristales
y en el adviento de la tristeza
aferrarse al fuego de la nostalgia revivida.
Recojo el fuego dorado de tu ausencia,
el que todas las noches mi corazón enciende.
Arde el haz de leña con el brío del sarmiento
y de sus brasas surge siempre tu recuerdo
en el humo azaroso que desparrama el viento
y en las oscuras cenizas que el alba duerme.
En este laberinto sin hilos y sin guías,
camino por senderos de lunas olvidadas,
y en la soledad de tu palabra,
el recuerdo y el olvido
son melodías de mi vida.