Tuvimos
Tuvimos la ciudad entregada
al ritmo indolente de nuestros pasos.
Nadie nos conocía,
y nuestras figuras
eran sombras
que apenas inquietaban.
Toda la ciudad entregada
al sutil resplandor de tu mirada,
como una extensa llanura de milagros.
Tuvimos la ciudad entregada
al ritmo indolente de nuestros pasos.
Nadie nos conocía,
y nuestras figuras
eran sombras
que apenas inquietaban.
Toda la ciudad entregada
al sutil resplandor de tu mirada,
como una extensa llanura de milagros.
De esta fuente seca
surgió la fuerza de mi amor
y el deseo inabarcable por tu cuerpo.
Hoy, al contemplarla,
enhebra el aire ecos de otros tiempos,
pero el viento ya no trae tu nombre,
sólo sal y arena prendidas a mi alma.
© 2006 fotografía José Antonio Melendo.
Semilla de noche,
tu mirada guarda
el silencio que arrastra la lluvia.
Y sin embargo,
siempre me habla
de azules sueños,
donde caben todas las palabras
y se encienden todas las estrellas.
Casi te he vencido
en la lucha continua
de olvidarte.
Tendido en el regazo
que me ofrece el alba,
veo alejarse tu sombra
siguiendo el largo reguero
de la huidiza noche.
Aún guarda el otoño
el aroma perfecto de la vida.
Recorres en silencio
los solitarios campos,
oyes el trino de los últimos pájaros,
mientras el viento húmedo
te arrastra
con un escalofrío,
y en el horizonte
el azul se desborda
en violentos grises.
Pero no importa,
las flores buscan en tus ojos
una cálida mirada,
el rincón del recuerdo
donde vivir eternamente.
De esta derrota
no hemos abierto
ningún camino nuevo.
Tú y yo,
hemos sido vencidos
por el tiempo,
la atonía,
o el mero placer
de llevarnos la contraria.
© 2006 fotografía José Antonio Melendo
¿Qué nostalgia nos unió
aquel atardecer de primavera?.
Tus ojos buscaban el último arrebol
y mis manos querían conservar
el tesoro del rojo crepúsculo huidizo.
Desde entonces,
cientos de veces
hemos reverdecido
la luz guardada
en nuestros cuerpos,
luciérnagas alumbrando
el último rescoldo de la noche.
Me dejaste en el recuerdo
como el último reducto
de tu esperanza.
La última puerta
que abriría de nuevo tu vida.
Pero cuando lo intentaste
y miraste dentro,
sólo la sombra de mi amor
te esperaba.
*El fotógrafo José Antonio Melendo me ha enviado unas hermosas imágenes para que disponga de ellas en este blog. Así voy a hacerlo. Esta es la primera. © 2006 fotografía José Antonio Melendo.
He recorrido
los largos paramos
de la soledad.
Cruzado las noches,
enredado con las serpientes
que escudriñan los sueños.
Alimentado el rincón
de los silencios,
con mis miradas
perdidas
en horizontes lejanos.
Todo eso fue antes
que tuviera
la senda de tu cuerpo
entre mis manos,
y que tu voz
sonara en mi lecho
como el canto
iluminado
de los astros.
Ven a mi, enciende las antorchas,
que arda la selva de la noche.
Todo su silencio nos admira,
esperando ser susurro,
murmullo de amantes,
que no teman
ni al tiempo
ni al olvido.
Sin ti,
de mi no quedará nada,
si acaso
mis palabras esparcidas en el lecho
de la hermosa ría de tu vida,
entre el limo del adiós y del olvido.
Una vieja barca
hundida en la arena,
subiendo y bajando
al ritmo incesante
de olas y mareas.
Deberíamos seguir sembrando el alba de ternura.
No llueven estrellas azules
en este otoño de disimulos,
ni la noche se fue dejándonos la resaca
interminable de la soledad.
Tú y yo deshacemos la usura del amor,
y en los recónditos sueños de nuestra memoria
siguen enlazadas las manos
y humedecidos los labios del deseo,
brotando, siempre entre los dos,
un viento de caricia.
Cabe la luna en mi sueño,
las manos que traigo son anchas
y ella se esconde entre mis dedos,
juguetea como una niña y se sonríe.
No hay más dicha
que el propio impulso de tu corazón,
sólo el amor y la caricia
hacen del tiempo
el amigo que te guarda
en todos los recuerdos.
Garzas blancas
de enarbolado vuelo,
origen de veloces nubes
y de un llanto de niebla
que suavemente se expande
por los abandonados campos.
Conspiro.
Alrededor de sus senos
construyo un mundo de batallas.
En el regazo de su vientre
duermen mis manos,
abrazando el dulce ámbar
y el sabor salado
de la rosa.
Recorre mi mano el sagrado silencio de los sauces,
el viento es la sublime melodía que los tienta
y ellos se dejan seducir en el balanceo
como el barco que navega entre las olas.
Vislumbro la serena presencia de la luna,
enarbolada de un musgo azulado,
imagen preciosa y distante
de una pequeña tierra.
A veces la soledad
requiere el reposo del estanque,
ver navegar las hojas sobre el agua,
en busca de un puerto inexistente,
y cruzar los ligeros puentes de madera
donde tus pasos resuenan
con el ronco sonido del eco de la noche.¿Por qué amo el mar desde el silencio en que me oculto cuando lo miro?
¿Por qué siempre me llevo el adarce húmedo y el brillo en la mirada cuando lo dejo?
¿Qué oscura soledad le guarda la noche?
¿Por qué sostiene la poesía de la nostalgia en cada huella abandonada en su húmeda arena?
¿Cuantas veces en las noches se abrió tu cuerpo bajo la mano extendida de la luna?
Si en el cielo cupieran todas las estrellas,
y cada lágrima tendida por nosotros
fuera humo azul que se llevara el viento
para elevarse al amparo de nuestro recuerdo:
no habría noche, sólo un rincón de luz
que nos traería el aroma de la nostalgia.
Pero el cielo es un oscuro camino,
donde tú y yo sólo perseguimos fugaces astros,
y sus voces se convierten en susurros,
antiguas estampas guardadas en el corazón.
*El poema está motivado por la fotografía que me ha regalado José Antonio Melendo y dedicado especialmente a Libertad.
Y de todas las formas, al final, también el silencio es esperanza.
Tú, que de una simple piedra,
eres capaz de discernir el milagro de un sueño,
jugando con las luces y las sombras.
Que haces que el hielo se rebase
y conviertes su inerte cuerpo en una fuente
de olvidados atardeceres.
Que logras iluminar la brisa como si el polvo
trajera entre sus manos los susurros del pasado.
Y del mar, incandescente de luces y de espuma,
santuario ancestral de soledades,
dibujas el brillo lejano de una lágrima.
Guardo para ti y tus hermosas imágenes
un mundo de sentidas palabras,
abierto a las horas de la noche
y al simple viento de una aurora,
pues en tu mirada siempre surge el verso,
callado, oscuro, huidizo pero tangible,
esperando florecer entre nosotros.
* La imagen es una vieja fotografía de Miguel Angel Latorre, que he traído desde El Cronista de la Red, versión 3.0
Vengo desde el arbolado sueño,
crepitando en angosto fuego,
como la tea
que en el aire se contrae y crece.
Llego en el verbo de tu voz
y del deseo me hago artífice,
recorro en el viento y en tus ojos
la distancia que hay de tu mano al horizonte.