Había arrancado los versos nocturnos de la noche
mientras el río cruzaba de lisonjas las variadas barcas,
llenas de susurros y besos de amigables sombras,
y un desaire de remos movían el agua
con el ritmo perpetuo de la fragilidad.
Todavía la soledad se aligeraba
con la música de lejanas voces
y las luces de los farolillos
hacían crepitar el rojo en mis ojos.
El azul del cielo encarnaba
la estelar silueta de los luminosos astros
y mis manos nerviosas esperaban
que el tiempo se detuviera
hasta que llegases como el soplo
que iluminase las sombras del anochecer
e hiciera de la clepsidra
las gotas que abrieran el tiempo de la dicha.