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fernandosarria

Poemas

Pájaro de esperanza

 

 

En la roja metáfora del adiós,

un racimo de palabras

se desprenden como uvas dulces

que buscan entre los dedos

un sueño perdido.

Pero no hay música

que transforme la soledad

en el devenir de una aria

cantada bajo el reguero luminoso

en que diluyéndose nos deja mayo.

Sometido el silencio

en la pausa solemne de las nubes,

no queda más que la sutil esencia

de un pequeño pájaro silvestre,

que, con su diminuto acto de fe,

débiles plumas verdes

que enamoran el agua,

hacen de la luz de su canto

la última esperanza

en que se abriga la tarde.

Para Sonia, mi visión de la luna.

Para Sonia, mi visión de la luna.

 

 

Para Sonia, mi visión de la luna.

 

No sólo admiro la luna por su transito de amor

entregado al azul de un paisaje,

ni siquiera el recuerdo de las alas

que las gaviotas reflejan en el mar

cuando blanca e impoluta se hace redonda esfera

en su extasiado viaje por el agua.

Si a veces se me pierden los versos,

las palabras cargadas de silencios,

como a todos que mirándola contemplan

el sueño perpetuo de lo antiguo,

el ancestro que domina las mareas

y hace germinar flores y cosechas,

es también por el dominio perfecto de la ausencia,

esa metáfora que esconde siempre una cara,

un reguero de luz y su contrario,

noches derramando oscuras penumbras

que se reposan como tristes melodías

entre los pliegues de alma.



* La imagen es un préstamo desde http://ltp.upr.clu.edu/astrolab/photosluna.html

Se ha elevado sobre las últimas terrazas

 

  

Se ha elevado sobre las últimas terrazas la luna imposible,

espejo donde duerme el corazón y arde la noche.

Quebrado surco en mi piel, la espera es un duende,

un caballo negro invadiendo la estepa,

el ansia que el tiempo no escatima,

toda la lúgubre secuencia de pensar en ti.

Recojo cada murmullo de la calle.

Cada sonido me recuerda tu voz.

El vuelo de un pájaro

o la perezosa brisa desbordando los jazmines

entonan la música de tu cuerpo.

Oigo la puerta y tu figura se acerca lentamente.

En el silencio por fin la noche canta.

Del amor he aprendido

 

 

Del amor he aprendido su letra pequeña,

esa que en los contratos de las pasiones

quedan como húmedas huellas

abandonadas en el deseo,

apenas cenizas en el cuerpo a cuerpo,

ajenas al sabor delicioso del oscuro ámbar

y al lento estudio de la anatomía

entregada a los calidos labios del amante.

Cuando los silencios se pronuncian,

surgen del fondo de los corazones

todos los ayer y todos los reproches,

como un vaso de acíbar

que tragar sin más razones que el despecho.

Con los hilos cruzados de la soledad

enciendes los recuerdos en la hoguera

y allí es donde, con el rumor del fuego,

lees los párrafos concretos de tu vida,

poniendo en valor la primera piedra,

la piedra del dolor y del olvido.

Traigo tras la lluvia

 

 

 

Traigo tras la lluvia la mano delatora,

el remolino que en el aire deja un sueño,

la perdida inocencia de un niño

al ver en el cielo alejarse su cometa.

Casi se han apagado todas las luces

y se oyen las campanas lejanas

tañendo en la mañana.

Mientras, se abre paso

un runrún de espliego desbordando los montes,

el aroma que enardece los campos próximos,

como si la palabra no bastara para nosotros

ni nada haya más que nos conmueva,

que en el silencio, la esencia de un trozo de tierra,

o en mi caso, verte rehaciendo poco a poco,

el jardín donde reposan los atardeceres.

He sentido

 

 

 

He sentido el claro vaticinio de la tarde,

ese sabor agrio que dejan las ausencias

mientras el humo imaginado de una pipa

dibuja en mis recuerdos bucles azulados.

Mi padre fumaba poco,

pero lo hacia en una pipa pequeña y sencilla,

que desgastada por sus dientes llegó a mi,

era junto con las fotografías,

la carta de amor que le mando a mi madre

y su esquela, lo único que de él

he tenido entre mis manos.

Con aquella pipa empecé a fumar

y era una extraña emoción sentir

pasar el humo por ella hacia mi boca,

tal y como lo habría hecho mi padre.

Fue lo único,

que salvando el tiempo,

pudimos hacer juntos.

Derrota tras derrota

 

 

Derrota tras derrota,

mayo pasa en su viaje

de viento y derramado polen,

y en la sembrada luz del mediodía

se precipita en una batalla conocida.

Somos siempre los perdedores,

habitantes de los largos crepúsculos

que nos dejamos arrastrar

por la admirada y ancestral soledad

que trae consigo el ocaso.

Hablando quedo,

susurrando las emociones,

somos viejos amantes

en el fulgor de las últimas brasas

que siguen calentando nuestros cuerpos.

Sólo nos queda la palabra,

los versos donde están

los recuerdos ensalzados,

viviendo todavía

en las cenizas de los sueños.

Puerto del recuerdo



 

Si en este puerto nocturno y silencioso,

las humildes barcas no dejaran de macerar el tiempo

con el olor de la brea y de los peces,

agria y sentida desazón

entre murallas de piedras blanquecinas

y espolones grises de hormigón armado;

si mis pasos sólo fueran la sombra

de la tenue luz de las farolas

y no retumbara el mar

como un océano oscuro y azulado

entregado a deshacer el eterno sueño de los hombres;

si nadie, salvo la noche habitada por nosotros,

estuviera allí, esperándonos,

en ese instante de rumores derramados,

tú, no hubieras dejado este rincón

plasmado en tus recuerdos,

como la noche que sin esperarlo

amaste la sombra de un hombre triste,

y en sus palabras te dejaste llevar

como un velero surcando tu cuerpo enaltecido

rodeada por las manos aceradas de la soledad.

He de renovarme en la sutileza de la tarde

 

He de renovarme en la sutileza de la tarde,

en el perfil elevado de la luz que emana del cielo,

en este azul puro y cristalino que hiere la mirada

pero a la vez quema la sombra codiciosa

y el momento descarnado en que la soledad,

como un soplo triste, te contempla y te hace suyo

en su deseo de poseer todo lo que toca,

aunque se destruya ella sola al sentir en mi caricia

el suave dolor de la encendida palabra.

En la luz de este milagro se aposenta

cada una de todas las virtudes

que hacen que el día se vuelva

un poco más amable

y pase un poco más lento.

Reúnete conmigo

 

 

Reúnete conmigo y seamos el vértigo.

Apenas el tiempo nos deje una grieta abierta

donde reposar de su cadena,

hagamos de la melodía y de la música

el placer de respirar juntos en el borde de la luz,

como si el cielo se vertiera en dulces violetas

y de los copos de nieve azulada caídos

que se fundan en este mes pletórico de mayo

surgieran simientes de ardientes amapolas

para cubrir todas las avenidas

de nuestra ciudad innombrable.

He olvidado

He olvidado en tus labios la melodía de los disfraces.

Derrotado, entrego mis cansadas palabras,

las que apenas hundidas en el lodo se sienten sucias,

al fuego que impregna la naciente noche.

Hoy sólo en la azul estela de tu cintura

escribiré con invisibles letras todas las canciones.

En un río

 

 

En un río no hay un náufrago,

ni un abandonado perdido en el crepúsculo

que vea como las aguas

se convierten en llamas violentas

y sienta penetrar en su alma,

como reverso de una moneda,

la distante y fría soledad.

Un hombre puede mirar,

desposeído del afán de la prisa,

el largo y continuo curso de agua

desde la atalaya de un puente,

en su mente quizás naufrague un sueño,

un amor cercano y antiguo, la risa de un niño

que fue él hace ya tiempo,

la última desilusión del día a día.

Este pequeño momento de matices que le asaltan,

es un paréntesis en su cotidiano deambular,

cada vez que le vence el atardecer.

Quizás sea el ahogado en la ciudad

donde todavía no han encendido la noche.

Esperanza

                                      

 "Necesito saber que me esperaba"

 (L. García Montero)



Entorna el día su pleitesía,

el eco rotundo se deshace,

mientras la ciudad en sus márgenes

parece convertirse en un largo silencio.

No me pidas más,

todo lo que tengo te lo entrego:

un abanico de nubes encendidas

que se disipan en las luces de la noche,

un pequeño ramillete de olvidados encuentros

que han marcado las horas del café,

la tertulia, el momento de mitigar la soledad

y sentir el placer de sorprenderme

con la risa de un niño

o el aroma de un jazmín silvestre,

el largo vuelo de las eternas cigüeñas,

o la audaz mirada de una hermosa mujer.

Todo es un cúmulo de sensaciones,

que apenas tendrían importancia

si no supiera que tú me esperas.

Descubro

 

 

 

Descubro entre el paseo de los tilos

la sombra pequeña de la esperanza,

verde y reconfortante amiga

que me insinúa entre los perdidos peatones

la ligera diferencia entregada a mis sentidos:

yo los veo pasar ensimismados en sus conversaciones

mientras los árboles danzan en el viento

la bienhechora melodía de la primavera.

Recostada en la noche

 

 

Recostada en la noche

la soledad se encamina

a proseguir su viaje.

Tengo entregadas las palabras,

el sendero es un racimo de verdades

donde ellas se rehacen

como en un mapa de constelaciones

y aunque hay en tu mirada

un mundo de proyectos,

sólo busco esa luz pequeña,

esa línea entre tus ojos claros

donde revisar a diario mi vida.

Todo lo que reúne el colmado silencio

 

 

Si todo lo que reúne el colmado silencio que compartimos,

mientras la música se disfraza en el cuarto de al lado,

no fuera un libro de días y de noches imposibles de recordar

nadie diría que somos lo que somos

sino dos extraños absortos en sus pequeños juegos de mesa.

Quizás lo que marca la línea entre nosotros

es el matiz que irremediablemente nos une,

aunque los otros no vean más que indicios

o se dejen deslumbrar por las palabras,

hay que saber pesar en la balanza

cada uno de estos silencios

y oír en el rumor que los arrastra

la suave melodía que trae nuestra ternura.

Suenan a lo lejos las campanas

 

Suenan a lo lejos las campanas,

en su eco de tañido bronce

guardan el viejo sabor de los sueños

y el de los felices días de la infancia.

Apenas llueve en esta recta y rigurosa mañana

donde deberían venir otros rumores

y el olor imposible de la hierba luisa y el sándalo,

pero sólo el contraluz del recuerdo pueden traerlo.

A lo lejos suenan campanas y quizás voces,

antiguas y sonoras para mi,

mientras no hay un aroma que me recuerde a ti.

Hay un mar esperando

 

 

Hay un mar esperando,

en sus mareas rehúsan fugarse los sueños

emboscados tras el faro azul y solitario.

En tu cuerpo se eterniza el sabor del océano

y tus latidos son el largo sonido de las caracolas

entre las olas dispersas de tu vientre.

Allí, regazo donde habitan los corales,

me hundo en las noches tranquilas

para desde el silencio oír respirar la vida.

Un día de mayo

 

 

 

Verte entregada y desnuda al sabor incontestable de la luz,

este último encuentro en que mis manos van a dejar de tocarte,

como si fuera algo más que una despedida

y en la calle sin silencios que nos arrebaten

todavía suene la música conformada y alegre

de nuestra noche única y salvaje,

hará que nunca pueda olvidar este día,

un día de mayo en que yo te amé.

Juventud

 

Juventud,

canción que el viento arrastra

y abandona en los ecos de los álamos,

¿por qué siempre anidas en un río?

Aún no he tenido tiempo de tenerte

y ya me has olvidado,

siguiendo el inviolable deshacer del tiempo.

Todo lo que tuve

se fue contigo,

llevado entre las aguas silenciosas,

en busca de un mar,

un mar de nostalgias y de sueños.