Abrí la ventana ante el amanecer,
la calle estremecida se dejaba llevar en la brisa
al ritmo entregado y sinuoso de los álamos.
Un ligero escalofrío recorrió mi cuerpo,
el silencio agazapado me desnudó con su mirada
y un deseo inusitado se agigantó en mi,
el de hacer de ese momento un segundo eterno.