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fernandosarria

Sabemos que nada hay tras tu mirada

Sabemos que nada hay tras tu mirada,
si acaso el encuentro desnudo
que la flor de la mañana nos ofrece.
Nada hay más que el perfume,
fresco aroma que engarza los sentidos
y hace volar la mente
al sueño ingrávido del roce de dos cuerpos...
Sólo son unos segundos,
eternos hilos que nos unen en el tiempo,
y la luz se abre paso
entre los tules que duermen todavía el día.

Renglón

La soledad de tu cuerpo me subyuga

He sembrado el bosque de flores azuladas

He sembrado el bosque de flores azuladas,
teñidas del color de las estrellas,
cuando los cometas en invierno
abrigan nuestros ojos
con el color de sus lágrimas.
Llegará la noche del solsticio
con el aliento del verano
y el olor a vida desbordada,
y allí, ocultas a los ojos indiscretos
entre los claros del bosque,
las hijas de los astros lucirán
sus galas más hermosas
devolviendo su luz al universo.

Aedo

Bardo, poeta o cantor épico de la antigua grecia (R.A.E.)

Acíbar

Amargura, sinsabor, disgusto (R.A.E.)

Acrostolio

Espolón o tajamar de las naves antiguas. Adorno en la proa de las naves antiguas (R.A.E.)

Acrisolado

Dícese de ciertas cualidades positivas humanas, como virtud, honradez, etc, que, puestas a prueba, salen mejoradas o depuradas (R.A.E)

No hay más palabras

No hay más palabras que cubran

el silencio existente entre los dos.

Somos dos extraños sin pasado,

cuando atesoramos tantas madrugadas

que han acariciado nuestros cuerpos.

 

Miro tus ojos y en el fondo oscuro

hay una llama ardiente,

cenizas esparcidas en la noche

que ni los años han podido apagar.

 

Pero no habrá más días

que sostengan los recuerdos

y tú y yo nos diremos adiós,

sin más huella en el corazón

que el húmedo y fortuito encuentro...

 

Al final tu nombre y mi nostalgia

serán victimas del tiempo y el olvido.

Vengo a buscarte en la noche

Vengo a buscarte en la noche

cuando tañen las horas del sueño

y no hay lugar a dulces palabras

ni a miradas de doble sentido.

 

Sólos frente a frente,

buscamos inexplorados continentes

que nuestra piel esconde,

donde con el ansía de nuestro deseo

nos quemamos como encendidas teas,

sin tiempo a la caricia,

sin lugar al reposo ni a la contemplación.

 

Te derramas en pequeños quejidos

que alargan asombradas las auroras,

ahuyentando la penumbra

y trayendo junto a la cama deshecha

las primeras luces del alba

 

De nuestro amor sólo queda el recuerdo,

adormecido el deseo,

la fatiga de un adiós

hace torpes despedidas

de nuestra nueva ausencia...

 

Y sigue la vida.