Veo en la noche un relámpago,
el estallido de un látigo
que me arrastra hasta Venecia,
y tú estás allí,
cuando la ciudad del mar
sólo era lluvia,
inmensa y torrencial.
Era un verano eterno
estar contigo, entregado
al húmedo destino de querernos.
Desnudos en aquel viejo ático de hotel,
tú me secabas ensimismada el pelo
mientras a través de la ventana
la noche se hacía cómplice
y nos dejábamos llevar
por la suave pendiente del deseo.