Del amor he aprendido su letra pequeña,
esa que en los contratos de las pasiones
quedan como húmedas huellas
abandonadas en el deseo,
apenas cenizas en el cuerpo a cuerpo,
ajenas al sabor delicioso del oscuro ámbar
y al lento estudio de la anatomía
entregada a los calidos labios del amante.
Cuando los silencios se pronuncian,
surgen del fondo de los corazones
todos los ayer y todos los reproches,
como un vaso de acíbar
que tragar sin más razones que el despecho.
Con los hilos cruzados de la soledad
enciendes los recuerdos en la hoguera
y allí es donde, con el rumor del fuego,
lees los párrafos concretos de tu vida,
poniendo en valor la primera piedra,
la piedra del dolor y del olvido.