Se va el suave día con su brisa de estancias
abotonando la camisa de la noche,
y en el refugio del crepúsculo,
encendidas las últimas nostalgias,
tú y yo convivimos,
sabiendo de antemano,
que a pesar de todos los silencios
no hay entregadas más cartas al azar
que las que siempre su mano ha poseído.